El escriba sentado, Museo del Louvre

Estuve a punto de hacerlo cuando vi al visitante número 1001; me pareció tan adecuado… ¡y tan ridículo! Pasaron los días y quise hacer un diario de viaje; pero los cambios de latitud y longitud me impactaron de tal manera que quedé muda, y traspapelé palabras de Pamplona, Madrid, Peñaranda de Bracamonte, Ávila, Narros de la Sierra, Plasencia, Cáceres, Casas de Don Pedro… Luego vino la reflexión sobre el trabajo con el Projecte Galilei y el Mercat de les Flors; cada cosa que escribía me parecía poco elocuente comparada con la alegría de la experiencia. Empezó la temporada de escuelas en Viladecans, y pensé en mi proceso de aprendizaje del contar, el campo de experimentación, los tantos días de metro, tren, vilabús… Mientras tanto, seguía en lo de siempre: mis encuentros con los mismos niños de la misma escuela, que se empeñan en ponerme a prueba semana tras semana. Tuve ganas de escribir.

Hay tantas cosas que decir (y tantas más que callar). Uno siempre quisiera contar lo esencial, pero, de momento, esa es una meta excesiva para El Astrolabio. No quiero perder el rumbo, mi rumbo, así que ahí va. Quiero hablar de la gente: del visitante número 1001, de esas personas con las que compartí tapas y charlas en Pamplona, Madrid, Peñaranda…, de aquellas que se arriesgan conmigo en cada proyecto nuevo, de las que se arrutinan conmigo… y de esas personitas que se van haciendo de palabras cada día. Y será poco a poco, porque soy lenta, muy lenta, aunque el mundo me pase tan deprisa.

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