El ganso patinador, La Hora del Niño

Las palabras de otros pueden resultar ajenas y placenteras como una canción, o tan nuestras que da rabia habérselas prestado a aquél que las ha escrito.

Todo empezó con la frase de mi madre:

-Los Reyes no existen, pero hoy es un día para hacer regalos.

Así llegó mi primer enciclopedia, que en la portada tenía una ardilla que me miraba fijo y unas letras que quién sabe qué decían (yo no sabía leer). Luego vino la quema de libros durante el golpe de Estado de Chile en 1973, y más tarde la colección de la Hora del Niño que mi abuela cargaba en cada uno de sus viajes a Suecia y nos leía paciente noche tras noche, seguida de un Principito precoz y de Cien Años de Soledad que supieron codearse con decenas de tomos de Agatha Christie heredados de ya no sé quién. Eran tiempos de zambullirme en cada historia y ser un personaje más.

Hoy he perdido la práctica, tengo la sensación de querer mezclarme con la palabra escrita como quien experimenta una extraña ósmosis. Intento recordar. Me paseo por los nombres de mis últimos autores: Nathaniel Hawthorne, Joan Amades, Alice Munro, Lord Dunsany, Miquel Pont, Salvador Espriu, Astrid Lindgren… Todos han tomado conmigo el desayuno o se han subido al metro una mañana fría. Para colmo, algunas imágenes, algunas voces sueltas, o incluso esas figuras que forman los blancos entre las palabras, me conmueven hasta tal punto que desplazan a lo importante, y ahí me quedo, con lo que resuena en mí de lo que estaba fuera de mí, como las ondas que deja una piedra lanzada al lago.

Por eso, cuando alguien me pregunta por algún libro que he leído, solo atino a contar un instante de mi intimidad, el encuentro aquél, el café caliente, el pan con mantequilla.

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