Reloj de sol, de http://www.flickr.com - Agrofilms

Tecleé “hoteles con encanto en Catalunya”, y enseguida apareció Cal Maginet en pantalla (www.calmaginet.cat). Una antigua casa señorial en el centro de Vilaverd, pueblo de la Conca de Barberà. Se veía el plano de la casa y fotos de cada habitación, e incluso de su piano inglés. Ofrecían cata de vinos en algunos cellers de la zona y visita a tres monasterios de la ruta del Císter. Todo eso en apenas dos días. Escogimos los dos días que prometían más intimidad.

El jueves 28 salimos de viaje muy temprano, listos para dejar que el tiempo transcurriera a su manera. A las 9’30 h, llegada a la casa; a las 10’30 h, visita al primer celler; a las 12 h, visita al segundo; a mediodía, pausa para comer; a las 16’40 h, visita guiada al monasterio de Poblet… ¿A su manera?

Al llegar, dejamos el equipaje en la habitación y la mestressa, Mercè, nos dio indicaciones y mapas para movernos por la zona. Cuando por fin encontramos las bodegas de Josep Foraster eran ya las once y nos esperaban con la mesa puesta, como a viejos amigos: pa amb tomàquet, olives, formatge, fuet, llonganissa, bull blanc i negre… (hay cosas que es mejor no traducir) y nuestras copas de vino. Al lado, tres botellas. Fue entonces cuando perdimos la noción del tiempo. Después de desayunar, nos invitaron a pasear por las instalaciones contándonos cómo trabajaban los viñedos, propiedad de la familia desde hace más de 200 años. Y allí, en el patio, como a uno más de esa familia, nos presentaron al Trepat, variedad de uva autóctona, tendido a sol i serena, tomándose su tiempo.

Partimos de Montblanc a Vimbodí, hacia el Castell de Milmanda, y luego al Restaurant dels Torrents, y más tarde a Poblet, donde topé con recuerdos de niñez y de otros tiempos no tan lejanos. Me encontré mirando atrás y haciendo planes de futuro, sumida en el presente y respirando hondo. La humedad, los árboles, la tierra, los vinos…

Caía ya la tarde cuando volvimos a Cal Maginet. La habitación, y diría que la casa entera, resultaba acogedora, cálida. Reposamos. Nos sirveron una cena exquisita con más vino de la Conca. “Color blanco paja con tonos dorados, aportados por la maceración y crianza. Aroma de fruta tropical, cítricos, con un fondo de repostería y un final con notas de frutos secos…”

Pensaréis que a estas alturas estábamos borrachos. Creo recordar que no, pero, por las dudas, bona nit. Dejamos las ventanas abiertas para sentir el amanecer del pueblo, silencioso, luminoso, frío.

Aquella mañana fueron tres cafés, pan, embutidos, queso, croissants, zumos… El recorrido final por la casa se convirtió, gracias a Robert, en visita guiada al piano, desmontaje, admiración. Nos despedimos de Mercè y de Jaume hasta pronto y con ganas de volver antes de habernos ido.

Pero el viaje no había terminado. En el pueblo de Pira se encuentra el celler Carles Andreu. Hacia allá fuimos. Bernat, que podría haber sido un viejo amigo si no fuera por su juventud, nos lo contó todo de su familia, de la elaboración de cavas y vinos, de los mostos, de las temperaturas y los tiempos, de las barricas y los aromas, del Trepat, de la filoxera, de las cooperativas de la zona y la restauración de su bodega, de la cata y las burbujas… Nos lo hizo probar todo. Fue un gran anfitrón y hubiéramos querido quedarnos escuchando sus historias el día entero, pero llevábamos retraso en nuestra ruta. Así que retomamos el camino y, después de pasar por la cooperativa Sarral y ver rápidamente el edificio modernista, decidimos descansar, como quien da un sorbo al vino, respira, y vuelve a sentir el sabor en toda su profundidad. Tomamos una pequeña carretera llena de recodos deliciosamente perdidos y al cabo de unas horas fijamos dirección a Santes Creus; una dirección aproximada, que pasaba por Vallespinosa, Pontils, Santa Perpètua de Gaià. Íbamos despacio, nos deteníamos. Comimos en un restaurante al pie de un castillo, donde éramos los únicos comensales. Llegamos a Santes Creus como en peregrinación y la visitamos solos, disfrutando de la charla y del silencio. Poco a poco se fue haciendo la hora de volver.

El tiempo no se detuvo, no lo hace nunca, pero a veces anda sinuoso, como una carretera comarcal.

 

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