Recuerdo Suecia sobre todo en invierno. Cuando tenía 6 años empecé allí la escuela. Mi profesora nos hacía sentar en almohadones junto a un piano y nos leía cuentos. No sabía entonces la importancia que tendrían los pianos y los cuentos en mi vida, y desconozco aún la importancia de los almohadones y las profesoras. Escogía fragmentos de la Biblia, libros de Astrid Lindgren, cuentos de Elsa Beskow… En esa época, mi hermano y yo solíamos dar vueltas y más vueltas por el barrio: calles, jardines, parques, bosques, montículos… Cuando llegaba el invierno, cambiábamos la bicicleta por el trineo y los patines, y los vecinos salían de noche a regar el jardín para perfeccionar nuestra pista de hielo. Pocos días antes de Navidad, abandonaba a mi hermano en otros quehaceres (cazar sapos, lanzar cuchillos…), y me dedicaba a vivir el suspense exclusivamente femenino de no saber a quién le tocaría hacer de Lucía durante la procesión de la santa que tendría lugar el día 13 de diciembre al anochecer. Ella llevaría una corona de velas sobre la larga cabellera rubia. Soñaba con ser Ella. Pero siempre fui la estela que dejaba atrás, cantando “Natten går tunga fjät… con una vela en la mano. Creo que esta noche, me pongo la corona de velas y, a quien quiera, le canto la canción. ¡Feliz Navidad! God jul och gott nytt år!

 

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