Fundación Germán Sánchez Ruipérez, Biblioteca Torrente Ballester y algo más 

Un hombre sisea, unas mujeres dicen que una Pepi ha comprado unos pendientes para una María Isabel, un viejo camina por un camino que termina en una autopista, una mujer come sola frente a un espejo en un bar de carretera. De Barcelona a Zafra, dibujo una diagonal por tierra, como con un palito en la arena de la playa.

Una mañana de principios de mayo la ciudad me recibe hermosa. Bajo del autobús. Lo de menos, el palacio; lo de más, las casas encaladas con tantos años a cuestas y el convento de Clarisas con sus corazones de avellana. Ah, y una lluvia que arrulla la primera siesta del viaje. Alguien me ha regalado un día entero. El siguiente se llena de sorpresas. Burguillos del Cerro con sus tres sesiones de cuentos, y la visita con Reme al Ayuntamiento, antiguo convento, que se transforma en un chapuzón junto a los antiguos nichos de las monjas (yo, que andaba buscando el miedo, lo encontré casi igual que aquel Juan, metiendo el pie en el agua que no esperaba encontrar). Por la tarde, los reencuentros. Nos vamos las Patricias a la exposición de Elena Pérez en los Santos de Maimona. Rematamos con unas copas y unas tapas junto a Toni, Flori y Antonia. El día siguiente toca Salvaleón. Observo y admiro la naturaleza, tópica sinfonía de verdes (incluyo y destaco el “verde vejiga”, que siempre recordaré gracias a Elena). Otras tres sesiones con niños de primaria; un disfrute que incluye mi segundo desayuno entre sesiones con Maribel y Ángela. ¡Cómo me gusta que me mimen! Luego son visitas, paseos, comidas, y el viaje a Salamanca con los Pecos. ¡Madre mía! Salamanca se convierte en noche de hotel y mañana de bares, conocer amigos de amiga, siesta y sesión en el Teatro de la Biblioteca Torrente Ballester, con su público espectacular (nunca mejor dicho).

Después, el tren a Madrid, familia, amigos… Hasta llegar a ese tránsito por el aeropuerto, pasos sin zapatos, tierra de nadie, seguro anonimato. Volar y aterrizar. Volver a casa.

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